domingo, 6 de agosto de 2017

El sabor de las hogazas (finalista ENTC octubre 2016)

Cuando saltaba los charcos, Mario observaba su reflejo distorsionado sobre el agua, la amplitud de sus piernas fibrosas rodeadas por un cielo de nubes. Los días de lluvia, al salir del colegio, el camino del bosque se convertía en una pista de obstáculos y entonces corría, saltaba y corría sin manchar demasiado sus zapatos gastados para que no le regañara madre. Los árboles le alentaban desde la vereda con un rumor húmedo hasta el umbral de la casa. Luego era el beso en la frente, la hogaza de pan preñada de matanza, la chimenea y sus fuegos de artificio.


Mientras escuchaba el himno en su honor, Mario pensó en el tiempo, en cómo salta y observa su reflejo distorsionado sobre la memoria; el tiempo, que siempre le ganaba porque corría más rápido, un poco más rápido que sus zapatos gastados, que el rumor de los árboles y el crepitar del fuego; el orgulloso tiempo, que nunca subía al podio a recoger sus medallas porque no tienen el sabor de las hogazas; el tiempo, que sabía cómo ganarle, pero no cómo vencerle, porque aún seguía corriendo, en días de lluvia, por el camino del bosque.

domingo, 23 de julio de 2017

Fábula


Una vez fui gato. Recuerdo la noche en que, después de ronronear bajo tus sábanas, escapé de tus caricias y salí huyendo por la ventana. Me adentré en un callejón oscuro donde paraba una gata hechicera que me convirtió en sapo. Lo descubrí un día de lluvia al observarme en el reflejo de un charco de bourbon, aunque ese sonido gutural tan desagradable que emergía de mi existencia ya me hizo sospechar. Y recordé que todo sapo necesita una princesa que le bese para romper el hechizo, así que fui a buscarte, llamé a tu puerta, te puse ojos de cordero y prometí ser un perro fiel y dócil. Entonces me besaste y se produjo la transformación: saliste volando con tus alas de albatros.

jueves, 20 de julio de 2017

Perfidia

Le esperaba. Lleva todo el día rondándome con su timidez, aprovechando la más mínima ocasión para cruzarse conmigo, para tocarme. Finjo estar dormida mientras escucho como se desliza de forma sigilosa por la oscura habitación. Siento un sudor frío que refresca como un riachuelo cada una de mis vértebras. 

Él también está nervioso, indeciso. Roza la tersura de mis muslos a través de la sábana, luego mi vientre. Pero no se decide. Noto que se distancia de mí por un breve instante. 

Vuelve. Esta vez se acerca con todo su aplomo, seguro de sí mismo. Me acaricia el brazo. Se detiene. No puedo contenerme más. Abro los ojos, le miro fijamente, me abalanzo con el brazo que me queda libre hacia él.

No puedo evitar esbozar una pérfida sonrisa de satisfacción al ver cómo ha caído rendido a mis encantos. Una mujer sabe muy bien cómo debe usar sus armas. Sobre todo el matamoscas.

sábado, 18 de marzo de 2017

Invisibilidad

Soy yo, el invisible. Ése que se confunde con la materia translúcida de las ventanas en tus trenes, que flota en el rebufo de tus andares mientras camina sin ganas hacia un trabajo invisible, que esperará a que transcurran nueve horas invisibles para volver a imaginar que algo, presuntamente invisible, pudiera suceder y entonces me miraras con esos ojos tuyos de mar sereno repleto de corales y peces traviesos, y me hablaras con un tono de voz íntimo, como en las películas donde pasan cosas bonitas, mientras lentamente me vuelvo invisible como los trenes que se adentran en la noche.

domingo, 10 de julio de 2016

De reflexiones y espejos

Qué mal nos sienta madrugar, Matilde. Vaya pelos me llevas, pareces la niña del exorcista. Yo también tengo lo mío, con este peinado a lo Nicholson en "El  resplandor" ... para lo que hemos quedado, Matilde, un loco y una endemoniada. Dices que el espejo del baño te hace arrugas, que deberíamos cambiarlo por otro más desenfocado, uno modelo Sara Montiel que has visto no sé dónde, pero con esta crisis ya me dirás, como mucho nos da para uno del parque de atracciones, ése que adelgaza la figura, que uno se ve con otro lustre y lleva el día de otra manera, aunque lo mío no tiene remedio, Matilde, tú al menos puedes alicatarte la cara con esos polvos tuyos que hacen milagros, pero a mí ni el Photoshop, Qué lástima, con lo que hemos sido, Matilde. Madrugar no es bueno, ya lo decía mi tío, que se conservaba bien y dormía como un lirón, por el aire del campo decía, aunque tuviera querencia al aire de tasca y al aroma de vino peleón. 



Ya suena la cafetera, Matilde, apúrate, que se nos hace tarde.    

jueves, 2 de junio de 2016

Amanecer

A pesar de la calma nocturna, las aspas del molino se cimbreaban como sí quisieran girar con una inercia antigua. Una grieta se extendía desde la base hasta uno de los ventanucos, tan marcada y profunda que podía verse incluso en medio de la lúgubre luz del primer albor. Don Alonso Quijano hizo una seña a su noble escudero Sancho, y éste desmontó de su pollino, abrió las alforjas y sacó de ellas unos retales hechos de sábanas gastadas, remendadas a lo largo. Con cierta maña y no pocas penurias, fueron subiendo a las aspas, una por una, cubriéndolas con aquellas lonas improvisadas, que sujetaron a la madera con cuerda de cáñamo.



Una vez concluida la labor, regresaron al lugar donde aguardaban sus rocines. Sancho aprovechó entonces para equilibrar el peso de las alforjas, Don Alonso se alzó en su montura y, lanza en ristre, esperó a que el aire del amanecer hiciera el resto.

domingo, 15 de mayo de 2016

Paraíso

Un ligero viento acariciaba las hojas del cocotero. El hombre extendió su brazo asiendo en la mano el recipiente peludo del cóctel dulzón hasta hacer coincidir su silueta con la de uno de los frutos inmensos que pendían de aquél árbol generoso. Luego simuló recogerlo con un movimiento pausado hacia sus labios y, deteniendo el tiempo, degustó el brebaje a pequeños sorbos. Sin darse cuenta, su mente comenzó a divagar acerca de la composición de aquella mezcla: una buena dosis de agua de coco salvaje, bien cargada de pulpa, un chorro de ron cristalino, algo de azúcar, y un toque secreto que no supo determinar , aunque creyó reconocer su ligero sabor a placer y libertad. Absorto en su cábala, el efecto del alcohol y de la brisa fue sumiéndole en un sueño de paz mientras el sol tendía su manta anaranjada.

Cuando despertó, la hipoteca todavía estaba allí.